En el balotaje presidencial del 14 de diciembre el derechista candidato del partido republicano José Kast ganó con el 58,16% de los votos, contra la candidata del progresismo, Jeannette Jara, la que obtuvo 41,84%. Se trató del mejor desempeño de la derecha y el peor del progresismo desde el retorno de gobiernos civiles en 1990.
Se trata de resultados que interpelan el progresismo y la izquierda: ¿Cómo se explica tan contundente victoria? ¿Votaron las chilenas y chilenos por la extrema derecha mundial? ¿Cuál fue voto de urna determinante? ¿Significa un retorno del pinochetismo a través de las urnas? ¿Refuerza el continuismo neoliberal y reforzamiento de la moral conservadora? ¿Continúa la existencia de una alternancia propia de una democracia liberal bloqueada que imposibilita los cambios favorables a las grandes mayorías?
Pongamos en relieve estas preguntas porque creemos que permiten explorar los desafíos del proceso político chileno en 2026.
¿Votó Chile por la extrema derecha mundial?
A nivel internacional, los medios empresariales internacionales, Le monde, Deutsche Welle, France24, CNN, NYT, SWI, entre otros, inscribieron la victoria de José Antonio Kast Rist como un nuevo logro de la derecha global en Sudamérica. En RTVE afirman que Latinoamérica está bajo el yugo de Trump. La victoria de Kast reforzaría el bloque pro-Trump en la región porque Chile se suma a los Gobiernos de derecha en Argentina, Paraguay, Ecuador, Bolivia y Perú. Esos presidentes felicitaron a Kast, junto a Donald Trump y Marco Rubio. Los Think Tanks como Goberna, no vacilan en afirmar la existencia de un giro histórico hacia una derecha dura, aliada del trumpismo en el cono Sur. Por su parte, el Atlantic Council prevé un aumento de las inversiones de EU en Chile para contrarrestar la presencia China en la región. Otros, como, Neofeed, ven el balotaje chileno como un laboratorio que indica lo que debe hacer la derecha brasileña para ganar la elección presidencial en octubre de este año.
Aunque son indudables los lazos de Kast con la extrema derecha mundial, creemos que afirmar que las chilenas y chilenos se sumaron a la ola de ultraderecha entrega una visión incompleta. Por un lado, la misma prensa internacional, (El País) presenta a Kast como “el ultraderechista que no quiere parecerlo”. Por otro lado, la corresponsal de la BBC, coincide en que la moderación exhibida por Kast durante la campaña fue un factor determinante de su victoria. Benefició incluso de que esta vez fue el nacional libertario Johannes Kaiser “quién jugó a ser más extremo”.
En efecto, a diferencia de su campaña de 2021, la que perdió de manera aplastante contra el presidente saliente Gabriel Boric Font, esta vez Kast no defendió un programa de extrema derecha como lo hizo Milei en Argentina o Bolsonaro en Brasil. Tampoco destacó su agenda moral ultraconservadora contra el aborto en tres causales y la diversidad sexual, entre otras.
Ciertamente, su campaña se centró en banderas tradicionales de la derecha tanto en Chile como en otros países: la inseguridad, el miedo, la condena de la delincuencia y la migración irregular que se asocia al crimen organizado. En materia económica, la promesa de bajar los impuestos y achicar el Estado, no fueron aspectos relevantes o aclarados por Kast.
Es así como la propia prensa internacional considera que otros factores, internos, fueron determinantes. Es así como Forbes, atribuye su triunfo a una cadena de errores de la izquierda: entre otros, la propuesta de lo que califica como un proyecto de constitucional de los delirios, que fortaleció la ultraderecha. También a la existencia de una cultura anticomunista chilena. que se transformó en una barrera insalvable para la candidata del progresismo, Jeannette Jara. Además, está el impacto de la enorme impopularidad del Gobierno de Gabriel Boric y el deseo de cambio, muy frecuente en las democracias liberales, imponiendo la dominación hegemónica del estatus quo.
¿Cuál fue el voto de urna determinante?
Lo cierto es que la campaña no se ocupó de política internacional. Estuvo centrada en la politización del miedo y el cambio. Kast aseguró que el “país se caía a pedazos” por lo que se requería un gobierno de emergencia. Con ello, intentó ocultar propuestas que no le ayudaron, en su campaña presidencial de 2021, como la de oponerse al aborto en tres causales, el feminismo y otros aspectos de su agenda valórica ultraconservadora.
Centró su campaña en el miedo, politizando el aumento en la percepción de inseguridad, fortalecida por los medios de comunicación empresariales. Utilizó la misma receta del expresidente Sebastián Piñera. Culpó al gobierno de Gabriel Boric por el aumento de la delincuencia y el crimen organizado, los migrantes irregulares y los terroristas ligados al octubrismo. Dejó en un segundo plano su promesa favorecer el crecimiento económico bajando impuestos, desregulando y reduciendo el costo del Estado en 6 mil millones de dólares. Quedaron aún más vagas, sus promesas en materia de salud, educación y habitación, entre otros.
Su denuncia en materia de violencia e inseguridad reposaba en el equívoco argumento de un aumento que en realidad estaba ligado, según las encuestas, a la percepción de inseguridad. En efecto, los datos duros del Instituto Nacional de estadísticas (INE) revelan que la victimización real disminuyó durante el Gobierno de Gabriel Boric. Vale decir que el Gobierno saliente confrontó exitosamente la penetración del crimen organizado y el alza de la delincuencia, con estados de excepción, mayores inversiones en las fuerzas de seguridad y adoptando, además, decenas de leyes represivas, que ni siquiera Piñera había conseguido. La única novedad de Kast sería la de copiar las cárceles al estilo de Nayib Bukele.
Respecto de la promesa de expulsión de más de 300 mil migrantes irregulares, bajo amenaza de expulsión manu militari a partir del día de la asunción de Kast a la presidencia el 11 de marzo próximo; fue abandonando la cuenta regresiva de los días que les quedaban a los migrantes irregulares para salir de Chile por su propios medios. Después de su triunfo electoral remplazó esa promesa por la creación de un corredor humanitario para venezolanos en acuerdo con otros países, algo .
Además, en la recta final de la campaña Kast matizó su consigna de que “el país se cae a pedazos” y la necesidad de un gobierno de emergencia. Algunos de sus consejeros, ante una victoria asegurada, le advirtieron que, al no obtener logros rápidamente, podía llevarle a perder el apoyo ciudadano.
Es indudable que la derecha consiguió imponer el voto de urna, vale decir, lo que determina el voto del elector fluctuante, incrementado por un gran número de nuevos votantes obligados. Ante la falta de narración transformadora del progresismo, se repitió la llamada alternancia propia de las democracias liberales.
¿Significa un retorno del pinochetismo por las urnas?
Ahora le toca la presidencia a la derecha, porque Kast, al igual que otros miembros de la derecha chilena, es un pinochetista confeso. También es un partidario y beneficiario del imperecedero continuismo neoliberal impuesto por la dictadura civil-militar. Además, y no es un factor menor, representa y defiende los valores más conservadores de las elites chilenas de “de tomo y lomo”.
Por un lado, Kast no es externo al sistema político chileno: no es un outsider. Es parte de las derechas, herederas del pinochetismo, que han compartido el poder con el progresismo desde 1990. Su carrera política está ligada al gremialismo; a su apoyo a Pinochet en el célebre plebiscito de 1988. A su membresía en la UDI; a su elección como Concejal en Buin y como diputado en el distrito #30 (Buin, Calera de Tango, Paine y San Bernardo) entre 2002 y 2014 y luego por el distrito #24 (La Reina y Peñalolén). Incluso a que justificó su ruptura con la UDI, en 2016, porque ella se habría alejado de sus principios fundadores.
En el mismo orden de ideas, no es novedad que muchos y hasta la prensa extranjera, como lo hace The Guardian, destaquen la trayectoria Nazi de su padre. A ello se agrega la participación de su hermano, como ministro y encargado del Banco Central en los comienzos de la Dictadura de Pinochet; incluso la complicidad de su familia en los crímenes de Pinochet. Es por ello que ante la filiación de Kast, con el pinochetismo un sorprendido Veltroni en el Corriere della sera, se preguntara si Chile había olvidado su historia.
Lo cierto es que nadie discute que Kast sea parte de un pinochetismo. Pero, la situación es más compleja. Y es que, a diferencia de otros países que vivieron las dictaduras civil-militares, Chile sigue enfrascado en el sistema político de democracia liberal restringida instalado en 1990 sobre la base de lo que algunos calificamos de pacto con la derecha pinochetista.
Aunque no sea edificante, es necesario destacar que los lazos de Kast con el pinochetismo no son su exclusividad. Ellos existen tanto en la UDI como en RN y Evopoli, cuyos miembros fueron el componente civil de la dictadura de Pinochet. Lo confirmó el debate y las posturas de las derechas para el cincuentenario del Golpe de Estado. Por si a alguien le quedaban dudas sobre sus lazos con el pinochetismo, en su reciente gira por Europa, Kast reivindicó la figura de Jaime Guzmán Errázuriz, principal redactor de la Constitución de Pinochet y fundador de la UDI.
Hay consenso respecto de que la derecha política boicoteó exitosamente la bullada transición hacia una democracia liberal, semejante a la que existió hasta 1973 y razón de ser del viraje de la izquierda chilena hacia un progresismo que no buscar transformaciones del sistema. La derecha aprovecho las altas mayorías calificadas exigidas en el Congreso para bloquear las transformaciones, limitando los cambios trascendentales del sistema político. Luego, cuando el presidente Lagos declaró terminada la transición en 2006, se instaló la alternancia presidencial rotativa progresismo-derecha, sustentada por el desencanto popular con una clase política incapaz de hacer las transformaciones exigidas por los electores. La victoria de Kast confirmó la alternancia instalada hace dos décadas y el impasse de un sistema político cortado de la sociedad.
¿Continuidad neoliberal y reforzamiento moral conservadora?
La victoria de Kast no se inscribe como la victoria de una ultraderecha pretendidamente moderna, (aunque en realidad resucita discursos liberales del siglo XIX). Es evidente que el recurso como centro de su campaña en temas de inseguridad, delincuencia son tradicionales de la derecha chilena, pero es evidente que la presidencia de Kast no propone cambios sino continuidad.
Es evidente que Kast no busca cambiar el neoliberalismo imperante en Chile, sino hacerlo más eficaz, calcando al gobierno de Piñera. También desregularizar para facilitar las inversiones, busca reducir impuestos para favorecer el crecimiento económico y promete reducir el aparato del Estado, reduciendo en 6 mil millones de dólares el gasto público: una pieza de antología neoliberal.
Lo cierto es que, no fue Kast, sino que el candidato del Partido Nacional Libertario (PNL), Johannes Kaiser quien representó las posturas de la extrema derecha global, en sus contenidos y en el estilo del presidente argentino Javier Milei. Ello permitió que Kast apareciera moderado.
Por ello, es que su victoria es una alternancia en el gobierno, que aprovecha el descontento con el saliente Gobierno de Gabriel Boric, el que no superó el estancamiento del modelo extractivista, la altísima desigualdad y jíbaras políticas públicas, beneficiando además de la agresiva narración hegemónica impuesta por medios de comunicación empresariales. Una alternancia que durará hasta que confirme que no beneficiará a quienes votaron por él.
Aunque sus propuestas económicas no se distancien de las de Piñera, lo que, si caracteriza a Kast, es ser de lo que algunos califican como rancia burguesía rentista, conservadora. Kast se caracteriza por su defensa de los valores conservadores, ligados a su pertenencia al movimiento Schoenstatt. Aunque ocultara su perfil valórico y su moralismo conservador durante la campaña, este regresó al galope, polémicamente, por el discurso en Bruselas en la VII Cumbre Transatlántica por la Libertad de Expresión, organizada por el Political Network for Values, que Kast presidió hasta 2024, durante su gira europea como presidente electo. Ante sus aliados de Vox y otros partidos de la ultraderecha europea, sacó a relucir lo que había acallado durante la campaña, arremetiendo contra otros enemigos que la delincuencia y los migrantes: el ambientalismo extremo, el animalismo radical, el feminismo ideológico y el indigenismo.
¿La alternancia como expresión de un sistema político bloqueado?
La alternancia entre gobiernos de derecha y progresistas pone en relieve los desafíos de un sistema político que favorece la alternancia como estabilidad política resultante del arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe, como diría Paul Valery.
Ellos limitan la euforia que la victoria de Kast provocó en sectores de derecha, que recuerda la que se instaló para los comienzos del segundo mandato de Sebastián Piñera. Pero ellos también interpelan a un progresismo y su estrategia de alejamiento de los movimientos sociales desde 1990.
Desde una perspectiva de las derechas, más allá del efecto que provocarán las políticas públicas ocultadas durante la campaña, porque ellas responden a las reivindicaciones ciudadanas, Kast enfrenta numerosos retos.
La coalición oficialista que asumirá el gobierno el 11 de marzo es frágil según Agenda Pública. Tendrá el importante reto, de controlar la gran cantidad de votos prestados por otros partidos de derecha, que posibilitaron la victoria de Kast. Sobre todo, el apoyo del PNL de Johannes Kaiser porque este, ya anunció que se resta de participar en el Gabinete, en las subsecretarías y en delegaciones regionales del gobierno de Kast. Pero también el apoyo de otros partidos como los de Chile Vamos porque exigirán participación en el gobierno.
Y es que como constatan, entre otros la DW, que al no tener mayoría ni en la Cámara de diputados, ni en el Senado, Kast deberá negociar para gobernar. En efecto, cuenta con sólo 42 de los 155 escaños de la Cámara de diputados y con sólo siete de los 50 senadores. Para aprobar leyes, tendrá que cortejar las otras dos expresiones de la derecha que cuentan con 34 diputados y 18 senadores.
Dependiendo de los temas, existirán reticencias de congresistas de la derecha histórica (UDI, RN, Evopoli, Demócratas), e incluso de la extrema derecha (Partido Libertario), el que ya se autonomizó de su relación con el gobierno, preparándose para ganar las elecciones de 2029.
Incluso, desgraciadamente para ellas, todas las derechas unidas no contarán con la mayoría absoluta en la Cámara de diputados. Ellas tampoco controlarán el Senado, una instancia vital del Congreso. Para obtener mayoría absoluta el gobierno Kast, requiere del apoyo de diputados del volátil Partido de la Gente (PDG) en la Cámara de diputados.
Para los cuatro séptimos, que le permitirían hacer algunos cambios constitucionales, aunque cuente con el apoyo del PDG en la Cámara de Diputados, se enfrentaría a una falta de mayoría en el Senado, porque este partido no tiene senadores.
Conclusión: desafíos del proceso político chileno
La alternancia recuerda el día de la marmota, o la condena de Sísifo. Y es que, las perspectivas del proceso político chileno, más que ser parte de una ola de extrema derecha, con la llegada de Kast a la presidencia, refleja los problemas del bloqueo estructural del sistema político instalado en 1990.
Por un lado, están las interrogantes para un progresismo que persiste en la estrategia de cambios en el marco del restringido sistema político diseñado por Jaine Guzmán. También sobre las derivas de una izquierda que tradicionalmente se había apoyado en el pueblo para hacer avanzar la agenda de transformaciones.
Por otro lado, la derecha consiguió instalar como voto de urna el miedo a la inseguridad creada por la delincuencia y los migrantes irregulares, asociados al crimen organizado: una consigna tradicional de la derecha actualizada a la moda de 2025 que suscita interrogantes sobre la implementación de una agenda represiva y sus consecuencias.
Además, la victoria de Kast representa efectivamente un retorno del pinochetismo, pero se trata de un pinochetismo que nunca abandonó el sistema político chileno y se refleja en el historial de la clase política de derecha. Ello abre interrogantes sobre la consolidación de la impunidad como norma de un sistema político y el combate por la memoria como elemento fundacional del sistema político chileno.
También, el indudable fortalecimiento del neoliberalismo extractivista bajo Kast abre interrogantes sobre su pertinencia en un giro posglobalización, en el que los Estados vuelven a ser el terreno de disputa económica y política. Se abren enormes interrogantes sobre la estabilidad social bajo el gobierno de Kast, que preocupan hasta a su propio sector. Su agenda moral conservadora, característica de Kast, abre aristas de inestabilidad, en materia de derechos de las mujeres y diversidad de género, entre otras.
Kast moderó su discurso, jugándose por un agotamiento del gobierno progresista de Gabriel Boric, lo que posibilitaba estructuralmente la alternancia hacia un gobierno de derecha. En ese marco, las dificultades de un sistema político bloqueado limitan las perspectivas del gobierno de Kast.
Ciertamente, Chile es uno de los países más desiguales del planeta, pero la derecha y los medios empresariales han conseguido evacuar ese tema del discurso público, pero, al mismo tiempo, en esta ocasión, como durante el gobierno de Sebastián Piñera, la necesidad de alianzas para gobernar fortalece el alejamiento de la clase política de la sociedad.
Todo ello, coloca en una perspectiva distinta, la pretendida ola arrasadora de la ultraderecha: augura dificultades para la gestión del nuevo gobierno semejantes a los que experimentaron los gobiernos concertacionistas, del progresismo y de los dos gobiernos derechistas de Sebastián Piñera. Una situación que abre un camino directo a una nueva alternancia. Y es que, considerando que durante el gobierno de Gabriel Boric no se resolvieron los problemas, ni se desarrollaron las políticas públicas exigidas por el llamado estallido de 20019, las perspectivas de un gobierno de derecha, como el de Sebastián Piñera, reactivarán los movimientos sociales. A ello se agrega un consistente temor de parte de sindicatos, organizaciones de pensionados, de apoyo a migrantes, de defensa de derechos de las mujeres, de docentes por la educación pública, entre otras. Ellas se declaran alertas por riesgos de precarización de derechos laborales, por políticas migratorias, por limitaciones al derecho al aborto y a la equidad de género, además de posible desguardo de la educación pública.